Mil nueve ochenta y mierda

Fui a esa fiesta porque un amigo me pidió que le haga la segunda. En un principio me entusiasmó saber que era una fiesta con asistentes que promediaban la mitad de la treintena en edad, como yo. Bien, porque la última vez que fui a una fiesta con pibes de veintitantos recibí dos declaraciones demoledoras. La primera fue "no sé qué es Deep Purple" mientras notaba que la piba con la que estaba hablando empezaba a verme en tono sepia. La segunda fue aún más directa y contundente: "podrías ser mi papá". De más está decir que no la puse, no por falta de ganas sino porque por primera vez me di cuenta que los años se me notan y, por lo visto, no me crucé a ninguna con algún daddy issue dándole vueltas en la psiquis. Un amigo me lo explicó bien. Me dijo que todavía me faltan unos diez años para volver a las veinteañeras con cuestiones no resueltas con su padre, que ahora soy material de veterana que no quiere bancarse un pendejo idiota pero quiere disfrutar del sexo con alguien cuyas erecciones todavía suceden. Gran análisis. Todo verdad. De todas formas, gracias, paso, prefiero disfrutar de otra forma el ocaso de la pija.
En el ambiente se puede oler la desesperación. Somos un grupo de personas que por mala suerte o mala praxis no fuimos seleccionados en primera vuelta y ahora estamos tratando de meter un golazo en tiempo de descuento. La desesperación es tan palpable que incomoda. En seguida te das cuenta quiénes estamos a la caza porque no estamos en ninguna conversación fija, siempre mirando hacia los lados para ver qué (quién) hay. Y es como esas fiestas a las que ibas en los años de gloria, sólo que mucho más tristes. Hay un par de Calu Rivero dando vueltas en aire de soy demasiado para esta fiesta, otros que llegaron una década tarde al look gorra y lentes de noche, varios reventados y muy quietitos y los que somos el aberrante y sobre poblado promedio.
Intento un par de charlas que fracasan estrepitosamente tras el primer "hola". Pensé que a esta altura ya la iba a tener clara pero se ve que no. Intento bailar pero soy de mármol. Pensé que a esta altura ya la iba a tener clara pero se ve que no. Entonces me dedico a beber, con cuidado, con la idea de que un trago de más se va a hacer sentir hasta la mitad de la semana. Y me emborraché, si señor, porque es obvio, no la tengo clara todavía.
En la fila del baño conozco a Ana Laura, que cuando le pregunto cómo le dicen para no llamarla por el nombre completo me responde "Ana Laura". Virgen María putísima, no pego media. Hago sobrevivir la charla como Tomn Hanks hablando con Wilson. A través de la puerta del baño se escucha como aspiran a nivel turbina y luego silencio por un largo rato. Incito a Ana Laura a que abra la puerta y se mande que yo la sigo. La damas primero porque como hombre en esa situación las posibilidades son que te conviden de la buena (raro) o que te conviden una buena cagada a trompadas (casi siempre). Así que con Ana Laura a la vanguardia entramos para encontrarnos con un tipo acostado en la bañadera con los ojos abiertos pero inmóvil y tres líneas mal peinadas en un borde del lavabo. Ella se abalanza sobre la merca mientras yo chequeo que el tipo todavía respire. Respira. Bien. Ana Laura me indica que termine lo (poco) que me dejó. Lo hago. Quiero mear. Le digo que salga. Me dice que no, que me quiere ver, así que meo con público. No deja que me suba la bragueta. Se avalanza sobre mí y comienza a trabajar en lo que sería la peor paja del mundo, oficial. La borrachera, el gusto amargo del jugo que produce la mala cocaína y el dolor del manoseo inhábil y seco hacen que lo que pudo ser una gran anécdota de consumo y sexo casual sea un llanto interno. Pienso cómo puede ser que una persona que lleva activa sexualmente la mitad de su vida no sepa agarrar una pija. Pienso en cuál fue la mala decisión raíz que hizo que me encuentre en esta situación. En algún momento me equivoqué muy mal y, lejos de corregir el rumbo, seguí torcido. No acabo, obvio. Estoy a años luz de sentirme mínimamente excitado, sobre todo por el flaco en modo estatua que se encuentra a escaso medio metro de donde se desarrolla la acción. Ana Laura afloja sin darse por enterada de mi estado, se ríe, se lava las manos y sale del baño. Desearía que me afecte esa risa, que también me cause risa o que me preocupe por lo que puede llegar a contarle a las amigas que también están en la fiesta. Nada, no hay nada dentro mío.
Un destello blanco me devuelve a la realidad tal cual me avisaron que iba a suceder antes de comenzar el proceso. Me sacan el casco de realidad virtual que permite prever el futuro de acuerdo a las inquietudes personales. Me siento bien, fue una buena experiencia. Gran idea por parte del gobierno la de implementar esta tecnología en los que estamos terminando el colegio y nos encontramos indecisos en cuanto a qué carrera universitaria elegir. Mucho mejor que esos anticuados e inútiles tests vocacionales. Ahora sé que mi vida será dedicada al marketing y la publicidad. Pensar que mis viejos me criaron en un ambiente repleto de arte, música y literatura, preocupados por darme las herramientas para que me desarrolle como un ser humano en el amor y la empatía. De no ser por la inteligencia de la presidente Antonia Macri y su excelso gabinete que llevaron adelante esta brillante medida, me hubiera cagado el futuro. Gracias Antonia por hacerme ver que odio a mis padres. Beatniks mugrosos.

La felicidad es marrón

Debo ir a conocer a la hija recién nacida de un amigo. Digo que debo porque me veo obligado a hacerlo. La idea de que un día coincidamos todos en un mismo evento y se dé la presentación de forma espontánea me la borraron de un plumazo. Y debo comprar un regalo, algo que a los que no tenemos hijos, no nos tratamos con gente con hijos y, de hecho, odiamos cualquier cosa que tenga que ver con bebés, nos resulta una tarea horrible. Cara, horrible e innecesaria. Pero aprovecho a ir hoy porque van algunos de los pibes y algunas de las amigas de la madre. Eso quiere decir que tal vez vaya Camila. Soy capaz de ir a golpear a las puertas del Averno si me dicen que Camila está ahí.
Llego a la casa de mi amigo. Abre la puerta su madre, Susana. Eso ya no es una buena señal. Siempre me consideró ese amigo mala influencia para el siempre drogadicto, alcohólico incipiente y violento pasivo de su hijo. Por lo menos ya sé de qué lado van a venir las preguntas de mierda del estilo “¿y vos para cuándo?”. Me mira las manos para ver que traigo y abre los ojos de par en par cuando encuentra que sostengo una botella de whisky. “Es una mamadera… para los padres… jáh”, le digo y me mando adentro antes que pueda reaccionar.
Mi cabeza es un radar que busca el rostro perfecto de Camila. No está. Las que sí están son todas las amigas feas. Seré un hijo de puta, pero creo que Camila se junta con estas minas para resaltar la flor de su belleza en comparación con el pantano que la circunda. Bien jugado, Camila.
Me recibe mi amigo con un abrazo y se ríe del chiste que antes le había hecho a su madre sobre el whisky. Los pibes no vinieron, así que tengo que sentarme en medio de las amigas de la madre. Ninguna es madre pero hablan en dialecto materno. Comentan sobre pañales, dentición, calostro, el milagro de la vida, parecidos de la criatura y no sé cuantas cosas más. Mi amigo deposita un vaso mitad whisky mitad hielo delante de mí y vuelve a retirarse para asistir a su mujer que todavía no apareció en escena. Cuando el padre no está, atacan. Que su amiga está hinchada, que no llevó bien el embarazo, que no sé cuántos kilos aumentó, que la beba es feíta. Sí, feíta, que hijas de puta, el desprecio con el que lo dicen. La madre de mi amigo se suma para criticar que la mujer tampoco hace mucho y tiene la casa medio descuidada. Tira un poco de veneno y vuelve a la cocina. El whisky está masajeándome y ya me siento bastante suelto como para irme de boca. Quiero preguntarle a estos manatíes cuántos hijos tienen cada una porque tienen el cuerpo bastante chocado como para andar criticando. Me salva la aparición de la madre con su hija en brazos. Las harpías se ponen como locas de falsa alegría. Saludo por arriba y a la bebé la toco un poco con el dedo índice. Mi amigo me sirve otro whisky y se sienta al lado mío pero no habla. Su mujer tampoco habla. Las que cumplen con la tarea de llenar el silencio son las hijas de puta y Susana, la hija de puta reina. Enseguida le sacan el bebé de los brazos a la madre y se lo pasan como un trofeo obtenido en un saqueo vikingo. Siguen con que la nena se parece a uno o al otro, al tío, al primo y a la abuela. Para mí parece una pasa de uva vestida. Tanta fragilidad me genera rechazo. 
Hacen la ronda con la criatura hasta que me la encajan a mí. Al segundo de recibirla comienza a llorar, justo a mí, la puta madre, que no tengo idea de qué hay que hacer en esos casos. La muevo un poco pero se me nota lo áspero. Levanto la vista en búsqueda de la salvación por parte de los padres pero ambos tienen la mirada perdida en un punto indefinido del espacio. La madre aprovecha no tener encima por cinco minutos a su hija, respira, descansa todo lo que puede. Reposa su cuerpo maltratado por meses de embarazo. No quiere a nadie ahí, quiere dormir y se le nota. Ni siquiera le importa que su hija recién nacida se encuentre en brazos del amigo de su esposo que está a medio camino de la ebriedad.
Mientras todos siguen en su mundo el bebé sigue en mis brazos. Deja de llorar por unos segundos para cagar, luego vuelve a llorar. La caca líquida que generó su recién estrenado sistema digestivo rebalsa el pequeño pañal y recibo, por primera vez en mi vida y no por gusto, una lluvia marrón. Levanto a la nena como a Simba durante el comienzo del Rey León y la muevo tratando de tomar la mayor distancia posible. La caca chorrea sobre los snacks que están sobre la mesa mientras la criatura llora a todo pulmón. “¡La cabeza, cuidado con la cabeza, animal!” me grita el colectivo matriarcal hasta que una toma la posta para pasársela a la madre.
La visión de los sándwiches de miga salpicados de marrón se cruza en el camino del whisky y vomito a un costado de la mesa. Me limpio la boca con la manga de la camisa y agarro algunas servilletas de papel para quitar el excedente de mierda del resto de mi ropa. Me retiro en silencio, sin despedirme, esperando no volver a ver a  la hija de mi amigo hasta su cumpleaños de quince. El lunes me compro un perro. Lo voy a llamar Vasectomía.

Las comas en Schopenhauer

No sabe que cuento con una ventaja: no me importa. ¿Quiero ponerla? Claro que sí. ¿En este mismo momento, si es posible? Pues, claro, nada más lindo. ¿Me importa si no la pongo? Para nada. La puedo poner mañana, pasado mañana o el mes que viene. No me importa. Soy un camello en el desierto sexual y me encanta.
Luce descolocada, no sabe cómo manejar la situación. Intenta meter distancia para recuperar su posición inicial. No hay chances, muñeca. Me comí todas las piezas y la Reina ha quedado sola en el tablero.
Me regodeo en mi victoria. Si me planto acá, la pongo. Pero no, debo llevar esta victoria hasta la cima, aún en mi perjuicio. Pero, ¿cuál es el punto en el que gano o en el que me jodo? La delgada línea nunca antes tan delgada.
Bostezo largo. Me estiro. Me estiro demasiado, largo a largo. Bueno, es hora de retirarse. Ella no entiende cómo alguien como yo se va, dejando a alguien como ella de garpe. El ego desmedido que genera la belleza se come a sí mismo hasta que no queda nada. Beso en la mejilla mediante, nos despedimos. No hay promesas de volvernos a ver.

Llego a mi casa y voy derecho a la computadora a buscar porno. Me hago una. Quedo tirado, adormilado, con la pija en la mano, la acabada en la panza y el cerebro despejado. Ahora veo con claridad el campo de batalla y todos los cadáveres son de mi bando. Me doy cuenta que la victoria moral no sirve para nada. Mejor arrastrar la dignidad de vez en vez porque la moral y el respeto por uno mismo sólo generan anécdotas aburridas.

Puta vida

Del 23 de octubre al 22 de noviembre. Escorpio es un signo de agua que se caracteriza  por vivir para experimentar y expresar emociones. Suelen tener un carácter bastante fuerte y, a veces, pueden llegar a ser de lo más arrogantes. No obstante, también son personas con un gran corazón, sensibles y muy sinceras en todo lo relacionado con el trabajo, la familia y el amor. Bah, eso es lo que te dicen para levantarte el ánimo porque en realidad Escorpio es considerado el neonazi hijoputa de las doce casas. Sino fijate la cara que pone cualquiera cuando le decís que sos de escorpio. Andá, hacé la prueba, dale, vos que sos de esos que cree que la posición aleatoria del planeta en el cosmos al momento de tu nacimiento rige tu vida. "Qué complicado", "ufff, difícil de complacer" y "te gusta clavar el aguijón". No, no tengo aguijón, hijo de puta. Ya sé, me responden, es una metáfora. Y para que mierda salís con eso. No ves que sos difícil. AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA.

Amor: Estás jodido, como en todo aspecto de tu vida. Tus signos compatibles son ninguno, ni siquiera el mismo que el tuyo. Es más, eso es lo peor que podés hacer. ¿Dos escorpio juntos? Es una carrera contrarreloj para ver cuál de los dos se convierte primero en homicida. Es como la leucemia teniendo un hijo con el SIDA. Debido a tu autismo social vivirás una vida de aislamiento emocional hasta el día de tu muerte, la cual añorarás cada segundo de tu miserable existencia. Tu verdadero amor es el final del camino.

Dinero: Como andás picante de la cabeza todo el tiempo, un día le respondés para el carajo a tu jefe y say hello to vacaciones permanentes. Eso o sos de los que son capaces de cagarle la jubilación a una viejita de 85 años con tal de llevar adelante su negocio. No importa lo que hagas, sos de escorpio. Tal vez, con el tiempo, logres encontrar algo decente para hacer, como golpear indigentes para robarles sus escasas pertenencias. Eso es lo máximo a lo que podés aspirar, de ahí para abajo, siempre. Hacele un favor al mundo, comprate una escopeta y desayunate un cartucho del doce.

Salud: Por vivir una vida de neurosis, auto persecución y culpa constantes, tu sistema digestivo es un conjunto de nudos dolientes. Seguro canalizaste la angustia a través del tabaquismo, el alcoholismo y una drogadicción incipiente, o sea, basura tus pulmones, hígado y riñones. Todo esto se cura con una perdigonada en la saviola.

Clave de la semana: Compre una escopeta, cárguela, póngala en su boca y presione el gatillo. Camine más.

Todos menos

Intento no beber porque cuando bebo tiendo a perder el control. Lo que sucede cuando me emborracho no es algo de lo que pueda sentirme orgulloso, pero sucede y es vital y necesario para mi sanidad mental que suceda. Me encanta hacerlo. Sé que alguien sale perjudicado, yo incluido, pero no importa, no me importa. Le hago caso al único y verdadero dios: el instinto. Si me ves de día no parezco una persona que sea capaz de hacer eso. Hago deporte, como sano, me acuesto temprano. Pero cuando bebo suelto los demonios que mantengo escondidos en pos de la normalidad.
Sentía la necesidad de hacerlo desde comienzos de la semana aunque por cuestiones prácticas no pude hacerlo. La necesidad se esparcía en forma de ansiedad a través de todo mi cuerpo. Cada vez que veía algo sobre ese tema en la televisión me excitaba, me revolvía en mí mismo y buscaba algún poder superior que me quitara de encima la necesidad de dar rienda a tan sucio pecado.
El fin de semana llegó y me encontró con las barreras bajas del control y el trago temprano, que luego se volvió nocturno, terminó por darle empuje al sentimiento. Me encontraba charlando con una de esas bellezas de oscuridad de bar. Ella sonreía con mis humoradas y anécdotas falsas. La charla era buena e iba todo bien, pero yo no podía más, iba a reventar si no lo hacía, así que lo hice. Era el momento. Sin dudarlo metí mi mano en el pantalón y lo saqué. Fue hermoso. Su rostro se unificó en una mueca de rechazo y me preguntó qué estaba haciendo, que no lo haga. Vamos, no es tan serio, le respondí. Repetía que nos iban a ver y yo, borracho de alcohol y adrenalina le decía que no mientras continuaba. Ella buscaba alejarse y yo cada vez más encima, por todos lados, me expandía en una nube aterciopelada. La buena suerte me abandonó y alguien que vio lo que estaba sucediendo dio aviso a la seguridad del lugar. Ni bien llegaron los dos gigantes de negro ella se largó a llorar. Astuta. Uno de ellos la llevó lejos de la situación mientras el otro buscaba imponerse físicamente sobre mí. Entre los manotazos miraba hacia donde estaba ella y le gritaba que era una careta, que deje de actuar, que dale, como si nunca lo hubieses hecho. El seguridad terminó por perder la paciencia y me asestó un hermoso golpe de puño en el rostro. Caí de culo al piso y ahí quedé, semi consciente, con un río de chocolate que brotaba de mi nariz. La gente comenzó a rodearme y, entre medio de insultos en mi contra, el seguridad me levantó y comenzó a arrastrarme hacia la salida. Te viene a buscar la policía, me dijo. Genial. Sólo quería ser como soy. Algunos me dirán boludo, otros enfermo, pero cómo explicarles lo que se siente cuando lo hacés, sobre todo cuando te dicen que no podés hacerlo, cuando la resistencia es lo que le da esa magia tan particular. Cuándo fue que la sociedad cambió tanto, me pregunto. Siempre me había salido con la mía, pero esta vez todo fue a mal. Volveré, siempre volveré. No importa lo que digan ni las veces que intenten detenerme. Siempre voy a volver a encender un pucho en un bar.

Doble mano

Cuando se habla de política se agrupan todos los movimientos y partidos en dos grandes categorías de acuerdo a su línea de pensamiento. Se consideran de "izquierda" aquellos que sostienen una ideología progresista, mientras que el conservadurismo es denominado como "derecha". Esta diferenciación tiene sus orígenes en la revolución francesa, en relación al lugar que ocupaban las distintas orientaciones doctrinarias en la asamblea nacional.
En nuestro país, y arriesgo a decir que en el mundo entero también, la izquierda no termina de encantar y la derecha siempre termina volviendo a ser opción. Raro, porque si hay algo monstruoso en nuestra historia es lo vinculado a la derecha. Entonces, uno se revuelve el pelo y se come las uñas de la ansiedad mientras se pregunta, ¿cómo mierda es que la derecha siempre vuelve a flote y logra poder político? Es que la derecha es pragmática. Odian cosas y no gastan una pizca de energía para ocultarlo. ¿Alguna vez hablaron con alguien de derecha? Te volvés loco de rabia al minuto. Te vuelven cómplice de los comentarios más horribles sin que puedas hacer nada para modificar su punto de vista. Deseas que no se reproduzcan. De hecho, te volvés religioso por un instante para invocar a una deidad suprema para pedirle por favor que desregule el funcionamiento de sus genitales y el de todos los que piensan parecido. En cambio, la izquierda siempre se encuentra persiguiéndose la cola como un perro neurótico. ¿Alguna vez hablaron con alguien de izquierda? Te da un toque de lástima. Te hablan de la revolución, ese término tan gastado, y de otros conceptos que nunca tuvieron asidero en la realidad. Siempre es una carrera para ver quien es un poco más progre, hasta un punto de alienación fenomenal.
Muchas veces uno no sabe de qué lado pararse, porque la opción centro es inexistente. O acaso me vas a decir que sos un progre conservador. Dale, eso es como chupar y soplar al mismo tiempo. Vos sos una buena persona, nadie puede hablar mal de uno mismo con la facilidad con la que lo hace de los otros, por eso siempre te vas a ubicar a la izquierda, es que es el lado más humano. No tengo por qué criticarte, claro que no, la derecha es un festival de espantos. Sé que conseguiste ese laburo de buena de fe que te permite redireccionar una suerte de diezmo hacia tu agrupación política, la cual apenas te permite dormir porque participar en la misma implica largas horas de debates inconducentes y marchas y contra marchas y movilizaciones contra todo y todos. Es que sos un buen tipo, no como yo que estoy sentado acá, juzgando. Querés un mundo más equitativo y te ensuciás las manos para conseguirlo, aunque por momentos te canses de dar brazadas en un océano de dulce de leche y sientas que tras todo ese esfuerzo el resultado es casi nulo. Dejaste de lado ese otro trabajo mucho mejor pago, pero que te restaba tiempo y, al final, terminabas laburando para quienes son parte del problema. No te das muchos lujos y ahora la vida te jodió bien jodido. Es que una vez quisiste darte ese gusto fuera de tu estatus social y te compraste un celular que hasta te destapa la birra por bluetooth. Ese mismo celular estuvo en tus manos por un par de meses hasta que lo sacaste en medio del tumulto de hora pico, volviendo a casa, y alguien decidió que lo quería más que vos, así que a punta de cuchillo te lo sacó. Tranqui, sólo te quedan dieciséis cuotas de un montón de guita. Y ahí estás, intentando no decir que "hay que matarlos a todos", pero relamiéndote en la idea de que le pase algo malo al que te lo robó, algo verdaderamente malo, como que pierda los dos brazos en un accidente horrible y que la mujer lo deje por tullido y se tenga que alimentar a través de un sorbete porque ya no tiene a nadie que le dé de comer en la boca. Te encanta esa idea porque hace que no se te reviente una venita del cuello y termines con un ACV por un puto celular. Es que hay que guardarse esas cosas para uno mismo, porque venís laburando fino con esa estudiante de sociología con el flequillo desigual, hija de un economista y una abogada, llena de guita mal pero que sabe bien de los males de la clase alta porque ella viene de ahí, aunque no renuncia a su prepaga ni al sobre que le pasan los viejos a principio de mes; que una vez hizo un viaje por el noroeste y flasheó amor por la pachamama y cada vez que va a tu casa te deja un olor inmundo a palo santo que te deja estornudando una semana seguida, porque eso ayuda a purificar los ambientes, purgarlos de las malas vibras; que anda en una bici vieja de la que cuelga un cartel que dice "un auto menos" y que adelante tiene un canasto donde lleva las cosas que compra cuando va hasta Villa Culo a la huerta orgánica y autogestionada para seguir su dieta vegana; que te dice que esto es culpa de la desigualdad social y te rastrea el origen de tu problema hasta la Campaña del Desierto, y sí, si abrís la boca, adiós chupada luego de diez birras tibias en un centro cultural. Lo sé, lo entiendo, vos querés un odio más directo y razonable. Dejalo salir, decilo, gritalo a los cuatro vientos. Creeme, esa chupada no iba a ser buena de todas formas.

D de DERROTA

No sé si alguna vez alguien leerá esto, aunque no pierdo la esperanza de que mi historia caiga en las manos correctas y se propague. Quiero que se sepa que aún existe la resistencia, que somos pocos pero perduraremos. De todas maneras, lo dudo, ellos llegaron para quedarse.
Siempre comparo lo sucedido con la calvicie: los pelos van cayendo de a uno, a lo largo de los años, hasta que un día, sin comprender cómo fue que sucedió, te das cuenta que estás pelado. Esto fue lo mismo. Recuerdo la primera señal. Como todas las cosas, uno no comprende hasta que le pasa a uno. Había tenido una mala semana. Parece que en esos últimos días el mundo se había puesto de acuerdo para hacerme la vida difícil. Nada grave, sólo días innecesariamente complicados. Por esto, al llegar el viernes, estaba con un humor de perros. En la noche del viernes me junté con la chica con la que estaba saliendo. Ahora que lo pienso, debería haberme dado cuenta del cambio en sus gestos ni bien comencé a hablar. Estábamos tomando una cerveza, sentados en el sillón, haciendo zapping sin detenernos en ningún canal. Me preguntó cómo había estado mi semana, por lo que mi reacción fue la esperada: responder. Cuando le conté que había tenido una semana de porquería y que habían puesto mal algunas cosas que habían sucedido, su primera respuesta fue un gesto de desagrado, el cual entendí iba dirigido hacia lo malo de mi historia, no hacia mí. De haber sabido que esa situación se estaba replicando en miles de hogares al mismo tiempo. Cuando terminé de contarle ella me dijo que no entendía. No entendía cómo podía estar de malhumor, cuando la vida es tan hermosa y todo se soluciona con amor. Sos demasiado raro y triste, me dijo. Pensé que era un chiste, así que me reí. "Cínico", me dijo como respuesta a mi risa. Ahí ya no entendí más. Le expliqué que no, que sólo habían sido días difíciles que me habían afectado y no me sentía, precisamente, en un pico de felicidad. Me dijo que no podía tolerar tanta oscuridad, se paró y se fue sin que pudiese hacer nada para detenerla. Obviamente, no volví a saber de ella.
Pasaron los meses y comencé a notar que algo andaba mal. Mis relaciones de pareja se iban a pique ante la primera ausencia de sonrisas. Nadie quiere estar con alguien negativo, me dijo una antes de dejarme. Otra me regaló libros de autoayuda. Con otra fui a un festival de abrazos en el Tigre, "para sentir la conexión con otros" me dijo. Basura neo hippie y placebos espirituales.
Hablando con un par de amigos, me di cuenta que era una tendencia que crecía. Comencé a preocuparme cuando fue noticia que en el mismísimo palacio de gobierno, el presidente había llevado a cabo una "limpieza espiritual". Al principio bromeé al respecto, pero a nadie le causó gracia, es más, recibieron la noticia con alegría, como un cambio necesario. Y ese fue el principio del fin.
La primera víctima fue el humor. Podría decirse que desapareció por completo en el lapso de un par de años. Lo que quedó fue su esqueleto, un concepto vacío. Se llamaba "comedia" a cosas que no eran ni remotamente graciosas. La estructura estaba, pero no había nada detrás de ella. Es más, arriesgo a decir que se había convertido en una forma socialmente aceptada de adicción. La gente comenzó a atender a esas veladas con el fin de generar una risa forzada que les permitiese mostrarse alegres ante los demás. No fue inesperado que en esos espectáculos se dieran las primeras purgas. Como todos sabemos, la vigilancia más efectiva no es la que ejerce el soberano directamente sobre sus súbditos, sino la que los súbditos ejercen entre ellos. Es por eso que digo que eran una forma socialmente aceptada de adicción. Allí iba la gente que no podía reír y que, por temor ante las crecientes desapariciones, forzaba su risa delante de los demás para que nadie sospechara. Recuerdo preguntarle sobre esto a una persona que vivía en la calle. Le pregunté si era feliz, a lo que respondió que no le faltaba nada. Luego le pregunté hace cuánto que no comía. Dos días me dijo. El pobre tipo estaba en los huesos, cubierto de mugre, con la desesperación pugnando por salir. Pero no, repitió que tenía todo lo que necesitaba, y cuando insistí que no, que ni siquiera tenía lo necesario para poder sobrevivir, me dijo que el amor era todo lo que necesitaba. Estaba por ceder, iba a hacerlo, pero una chica se detuvo cerca nuestro y comenzó a mirarnos fijamente. Como acto reflejo comenzamos a reírnos, el linyera y yo, hasta que la mujer siguió su camino. Cuando se iba pudimos ver, rápidamente, que en su muñeca tenía el tatuaje que distinguía a los que comenzamos a llamar Opti, un tatuaje de un símbolo de infinito que en una parte escribe la palabra love. Los Opti se volvieron reconocibles poco después de que comenzaron las prohibiciones de películas y la quema de libros bajo el lema "Todo estuvo, está y estará bien. Siempre". Los bautizamos así por "optimistas", ferreos adherentes al Movimiento por la Alegría, la Paz y la Felicidad en el Mundo.
Han pasado cinco años desde que pasé a la clandestinidad. No sé qué ha sido de mi familia ni amigos. Sobrevivo escabulléndome en medio de la noche para buscar comida.
Ya están sobre mí. Puedo oír su himno de batalla acercándose, Celebra la vida de Axel. Es cuestión de minutos, este es el fin. Pero no, no capitulo. ¡Antes muerto que contento!

Porca miseria

A lo largo de la historia han surgido innumerables escritores cuyas obras han pasado a engrosar la lista de clásicos. Si bien los límites establecidos por la academia para considerar una obra como un clásico han ido mutando, existe un consenso unánime en cuanto a cuáles son las mejores obras de la literatura mundial. Estadísticamente hablando, para leer cada uno de los libros que forman parte de esta lista, una persona promedio debe invertir poco más de la mitad de su vida para abarcar la totalidad de la misma. Se estima que en cien años esta lista crecerá hasta abarcar la totalidad de la vida del lector. Entre apellidos como Joyce, Huxley, Hemingway, Mann, Kafka y Dostoyevski, se encuentra el argentino Carlos Andrade. Su figura ha sido objeto de críticas y alabanzas por igual. Aunque ganador de incontables premios, entre los cuales se incluye el Nobel de Literatura, la vida entre sus pares fue un tormento. No fue el cuerpo de su obra el que produjo esta polarización en las opiniones, ya que, en general, pecaba de banal, plana y sin sentido. Lo que produjo el estallido en el mundo literario fue un pequeño pasaje de su libro La hora de las moscas:

Fue en aquella tarde de otoño, con el invierno casi sobre nuestras espaldas, que el destino quiso que nos encontráramos entre aquellas cuatro paredes, bajo ese techo tan alto que cada vez que me recostaba en el sillón a observarlo, sólo podía sentir el desapego de todo lo santo del alma humana. Sus labios húmedos por el deseo buscaban el contacto, pero la inexperiencia hacía que sus ojos observaran el techo. Tal vez ese fue el contacto más significativo que tuve con otra persona. Nuestros sentimientos, entrelazados en la lejanía, sin el frío del contacto de la piel desnuda.

Según los expertos, este pequeño párrafo esconde el resumen perfecto de la historia de la literatura. Obras como El Aleph o Rayuela quedaron al borde del olvido tras editarse la obra máxima de Andrade. Seguido del clamor del universo literario, el público arrasó librerías en pos de conseguir una copia y leer tan preciado párrafo. Las adaptaciones cinematográficas tampoco se hicieron esperar. 
Con el correr del tiempo los análisis de éste párrafo comenzaron a llenar sus propias estanterías. En un momento, un historiador y crítico literario dio a conocer su teoría sobre el horror detrás de la creación de Andrade. Al parecer, luego de una exhaustiva investigación que le llevó dos décadas, llegó a la conclusión de que ese párrafo representaba la relación que Andrade sostuvo con una menor de edad.La sociedad no tardó en hacerse eco y no fueron pocas las voces que comenzaron a alzarse en contra de Carlos Andrade. El alguna vez genio de la literatura pasó a ser la personificación de mal. Esto generó una división social nunca antes vista, pues las opiniones de ambos bandos eran enfervorizadas y se sostenían con la virulencia del radicalismo religioso más extremo que alguna vez se haya visto. Varios de los galardones que se le otorgaron al autor le fueron retirados, inclusive el Nobel, siendo la primera vez en la historia que la Academia Sueca daba marcha atrás en su decisión.
Los años pasaron y la obra de Andrade, así como su creador, estuvieron sujetos al amor y al odio, tanto popular como académico. Premios con su nombre eran otorgados, para luego ser retirados y vueltos a entregar. Esas noventa y nueve palabras cambiaron la historia y, aún así, nunca nadie en ningún lado preguntó ¿te gustó el libro?

La calor


Primera parte

¿Qué estoy haciendo?

Por sobre las membranas de los edificios más bajos el calor distorsiona el paisaje y el aire asume el papel de enemigo. Este domingo estival descarga toda su furia sobre la espalda de Tomás, quien se encuentra encorvado frente a la computadora, solo y a oscuras. Una gruesa gota de sudor se desprende y rueda por su espalda grasosa hasta ser absorbida por el elástico del calzoncillo. Su único aliado contra este clima es un pequeño ventilador de pie que lo único que hace es revolver el aire caliente. Cada veinte segundos hace un ruido, como si un engranaje seco rozara con otro. En medio del silencio comienza a volverse una tortura.
De haber hecho lo que se supone era lo correcto no estaría en esta situación. Supone que estaría más cómodo, menos preocupado por algo tan insignificante como lo es no poder encontrar las palabras adecuadas para describir algo. Se acerca la fecha de entrega y lo único que tiene es la idea de un título a modificar. El cursor titila amenazante en el monitor de su computadora. Lo que los demás esperaban de mí, piensa. La tragedia de comenzar a tomar decisiones.
En un momento de su vida escribir parecía idílico, sobre todo al momento de renunciar a un trabajo estable para poder medir libremente la vara de su capacidad. Grueso error, piensa, a la mierda con los sacrificios, que quién me manda. En su biblioteca sólo hay buenos ejemplos, cómo podía fallar. Grandes historias que comienzan en la nada misma, como en la hoja en blanco que se encuentra ante él.
Son los nombres. Las historias que lo acompañaron toda su vida se encuentran repletas de nombres emocionantes. Pero para escribir "algo de acá", como le dijo su editor, hay que hacer que la gente encuentre una relación entre su existencia y la lectura que se le presenta. No sabe qué historia interesante cuenta entre sus líneas con algún Marcelo, un tal Pedro, Agustín, que mal, che. Y siempre con el barrio. Que masturbatoria resulta la idea del barrio en la prosa argenta.
Se acomoda en la silla. Su calzoncillo está empapado y pegado al cuero sintético del sillón. Piensa que tiene que escribir algo sobre el barrio, pero cuál de todos y para qué, si al final todo se resume en un relato que bordea la mística futbolera y tanguera. Si hablás del porteño tenés que hablar de eso, porque esa es su historia, su ADN, el codeo con los grasas que en vivo odian y esquivan, pero sobre los cuales les encanta leer y empatizar y porque, seamos sinceros, nada sucede en Belgrano o Recoleta.
Puedo escribir sobre La Boca. Fútbol y tango. Mística pura. Como cuando caminás a las tres de la mañana entre la bruma que brota del riachuelo, volviendo la muerte algo palpable y próximo. Bohemia new age y turismo feroz. Mejor no. Mejor, Boedo. Carnaval y una cancha que no es más. Y tango, cierto, ahí también hay tango. A la gente le gusta decir "Boedo". O Caballito, hogar del medio pelo que hizo dinero, pibes con mucho gel, remeras escote en V, autos con escape libre. Y Once es un horror. Congreso, también. Monte Castro, quién te conoce. Flores y Floresta, las mellizas espanto.
El cursor titila.


Marcelo ataja. Cancha de cinco debajo de la autopista a las cuatro de la tarde. Hay gente que se odia a sí misma y busca hacer sufrir a los demás. Porque jugar al fútbol a esta hora y con este calor sólo puede ser idea de un sádico hijo de re mil putas. Y yo, el campeón de los boludos, dije que sí, porque hay que jugar al fútbol. Varón que no juega, varón ostraciado. Podría estar tomando una cerveza helada en el sillón de mi casa, en calzones, metiéndome la mano en mis sudados huevos para luego sacarla y acercarla a mi nariz para sentir el olor. Pero no, acá estoy, deshaciéndome en este pequeño infierno húmedo con césped sintético. ¿Y estos que corren tanto y están tan contentos? Cuánta pasión por esta boludez. Mirá como se pelean. Hay un boludo con la remera del Chelsea que no para de pegar. ¿Por qué mierda tiene el pelo mojado y peinado? Lo vi cabecear tres pelotas, por lo menos, y sigue con el pelo impecable. Mirá al boludo del Chelsea cómo se tira, que campeón, dale,parate. Tengo que conseguirme amigos con pileta y sin pasión. Basta de pasión. Es la mejor excusa para justificar un comportamiento que, de no ser replicado por un montón de gente al mismo tiempo y en el mismo lugar, sería considerado una verdadera idiotez. Gol. El boludo del Chelsea me lo grita en la cara. A los de mi equipo les brilla el odio en los ojos. Odio hacia mí por no estar a la altura de las circunstancias. Ya no tolero esta basura. La primera piña que vuela es mía y aterriza en la mandíbula del boludo del Chelsea. Ahora sí la estoy pasando bien.



Segunda parte

¿Estoy haciendo comedia?

Lee el texto una y otra vez. Mueve oraciones de un lado a otro, quita puntos, quita comas, los cambia de lugar, los devuelve a su lugar original. Selecciona el bloque de texto pero no lo borra; lo guarda con el título "Sin título 1". Se queda pensando, mirando fijo el monitor y el cursor que titila. Se olvida de pestañear hasta que sus resecos globos oculares lo obligan a hacerlo. Piensa en estudiar algo, qué se yo, se dice a sí mismo, cualquier cosa que de guita. Marketing es una buena carrera. Administración de empresas, también. O, mejor aún, ponerte a escribir el puto texto que tenés que escribir y dejarte de pensar pelotudeces, dice en voz alta.  
El cursor titila. Se pega reiteradas veces en la cabeza con el puño derecho. ¡Basta!¡apagate!, grita mientras se golpea. Cuando la cabeza comienza a dolerle se detiene.

El termómetro marca arriba de treinta y seis y la promesa de un verano con la ciudad vacía parece no estar cumpliéndose. La gente que camina por las veredas evita hacerlo del lado del sol, aunque a esa hora el sol pegue de ambos lados. Entre el denso tráfico de la avenida se mueve el colectivo de la línea 143 en el cual viaja Pedro. Es un día complicado. La camisa pegada a la espalda por el sudor y la corbata al cuello que le impide disfrutar con comodidad del poco aire que hay en el ambiente. Viaja parado aunque hay lugar para sentarse, pero sabe que en las ventanas da el sol y no se cree capaz de poder tolerarlo. El celular no para de vibrar en su bolsillo derecho. Tiene dos llamadas perdidas de su jefa, siete de un cliente molesto y cuatro de su novia. La noche anterior discutieron y no se fueron a dormir en buenos términos. Y hoy a la mañana se quedó dormido y el auto no arrancó. Repasa en su cabeza todo lo acontecido mientras aprieta fuerte la baranda del colectivo de la cual se sostiene. El cuello de la camisa comienza a oscurecerse en los bordes por el sudor. La corbata no da tregua. Podría aflojarla. Lo considera pero no lo lleva a cabo. Presencia, ante todo, le decía su madre cada mañana antes de ir al colegio. Presencia.
El colectivo para frente al Hospital Garrahan y comienzan a abordarlo madres e hijos. Madres gruesas, de figuras moldeadas por la marginalidad con niños dolientes en sus brazos. El martirio del pobre también es estético, piensa. La crueldad del destino no se conforma con el hambre y el sufrimiento por sí solos, sino que también añade la teatralidad del grotesco. Y con lo desagradable que es la ciudad. Mirá este tumulto de impresentables, así no vamos a ningún lado. La gente no quiere progresar. Hay olor. Hay olor, que hijos de puta. Algo me está rozando el pantalón. Presencia, decía mamá. Pre-sen-cia, me decía y me daba un beso en la frente. Todas las mañanas.
La repentina sensación de entumecimiento en sus manos hace que se percate cuán fuerte se encuentra agarrando la baranda. Le falta el aire pero no afloja el nudo de la corbata. Siente las gotas que se desprenden de su axila y caen por el espacio libre entre su camisa y su piel hasta llegar a la cintura. La baranda parece ceder bajo la presión de sus manos. Cuando el colectivo llega a Plaza Constitución, Pedro lee un cartel gigante que dice "Paseo de Compras".¡Dulce oasis de capitalismo civilizador en esta barbarie de horror desenfrenado!, grita al arrancarse la camisa. El chofer frena el colectivo y abre las puertas. Me toca uno cada semana, le comenta el chofer a la pasajera en el asiento frontal. Pedro baja corriendo con la ropa destrozada flameando desde ambos lados de su cuerpo hasta perderse entre la muchedumbre que hay bajo una gran "M" dorada.


Tercera parte

¿Esto es comedia?

No sé qué es lo que esperan de mí, piensa. Todo el mundo espera algo de todo y de todos, le dirán dentro de un mes y eso hará que Tomás golpee al que se lo dijo. Pero, ahora, se encuentra transpirado, enojado y confundido. El ventilador continúa haciendo ese ruido molesto. Se sienten perder la poca cordura que le queda. Se para del sillón de un salto y va hacia la ventana cerrada. Se queda un rato largo viendo a través de las hendijas de la persiana cómo el calor tuerce la forma del horizonte. El calor tuerce su horizonte de la misma forma que él mismo lo hace con su vida y no puede evitar reírse de la analogía estúpida que acaba de trazar. Cuando el ventilador hace ruido nuevamente Tomás le pega una patada y lo manda a estrellarse contra la biblioteca. Algunos libros caen y el aparato ya no arroja más aire caliente ni hace más ruido. Tomás se sienta.

La cena se desarrolla con total normalidad. La entrada ya pasó y ahora esperan la llegada del plato principal, amenizando la charla con una copa de buen vino. En la mesa se encuentran Agustín, sus padres y una pareja amiga de sus padres. Su padre es un acaudalado empresario, su madre es la esposa del acaudalado empresario y la pareja amiga repite el mismo esquema, aquél que él mismo deberá repetir en algunos años cuando termine su carrera universitaria y pase a engrosar las filas de la empresa de su padre hasta llegar a heredar su puesto. El restaurante es uno de los más caros de Buenos Aires. Allí la gente va a tener actitudes como la que tuvo su padre al devolver una botella de vino de más de mil quinientos pesos sólo porque al probarlo concluyó que había estado demasiado estacionado, que no era el sabor indicado para acompañar los platos por venir. Odiaba a su padre y su padre lo odiaba a él. No había sido siempre así y, aunque tampoco se habían querido realmente, lo que nunca habían hecho era manifestarse su desagrado mutuo. Fue en su cumpleaños de dieciocho cuando sucedió por primera vez. En medio de una discusión con su padre dejó entrever algo que venía ocultando: era mucho más inteligente que él y mucho menos ambicioso. Su padre se sintió doblemente vulnerado y respondió a esa situación con un golpe. Le pegó con el puño cerrado en la cara. Fue una trompada hecha y derecha y con tanta furia que tumbó a Agustín. Cuando Agustín se levantó, agarrándose la cara sonrió a su padre y se fue. Cuando su madre vió la hinchazón en el rostro de su hijo, no dijo nada. También odiaba a su madre. La consideraba la ausencia de ser, la nada misma, alguien absorbido por su propia comodidad y bienestar, capaz de sacrificar hasta su último gramo de dignidad con tal de no perder un ápice de lujo. Comandada por el cavernario de su marido, podría perdonar hasta lo más horrible con tal de no perder su viaje anual de shopping a París. Agustín agradecía no tener hermanos porque eso hubiese significado sostener otro frente de batalla.
Fue su madre quien lo trajo de vuelta de sus recuerdos. Pásame la sal, querido, le dijo, a lo que él atinó a responder empujando el salero con el dedo índice en su dirección. "Pásame", que hija de mil putas. La mujer del amigo de su padre miró el gesto de Agustín para con su madre con desagrado y se lo hizo saber con uno de esos gestos que tanto odiaba, uno sutil. Todo es sutileza en este ambiente, con este status, pensó. No existen ni la familia, ni la amistad, ni siquiera el odio. Todo se presume pero no se manifiesta, se oculta tras capas y capas de hipocresía. En ese ambiente creció y se desarrolló, pero de ninguna forma iba a morir en medio de eso. Se paró, se disculpó con los presentes por su retirada argumentando que iba a ser breve porque iba tomar un poco de aire. Una vez afuera comenzó a caminar. Nunca se detuvo para volver. Caminó por la ciudad hasta perderse. Entró en el bar de un barrio en el que nunca se imaginó que iba a estar, de esos que su entorno consideraba el habitat del derrotado. Un lugar enorme con mesas dispersas sin ningún tipo de diagrama, sucio, con una neblina constante de humo de cigarrillo. Había un puñado de sujetos dispersos por todo el lugar, todos hombres, solos y en silencio, encorvados sobre su trago, con los hombros vencidos como si un gran peso invisible se posara sobre ellos. Se dirigió hacia la barra, se acomodó en un taburete y pidió una cerveza y luego otra. Llevaba dos horas allí y nadie había dicho una palabra más que las necesarias para que el vaso que cada uno tenía delante se rellene. Cuando levantó la vista de su trago vio su reflejo en el espejo detrás de la barra. Las botellas cubrían gran parte del mismo, aunque no lo suficiente como para que Agustín se diera cuenta que su postura era la misma de quienes lo rodeaban, también su expresión. Lejos de sorpenderse, bajó nuevamente la mirada a su trago, convencido de que no existían el perdón ni la redención porque habíamos estado buscando a Dios en el lugar equivocado.


Cuarta parte

Entonces, ¿cuál es el chiste?

Guarda lo hecho en un nuevo archivo titulado "Sin título 2". Ya sin ventilador, el aire comienza a enrarecerse por el encierro, húmedo y denso, por lo que estira la mano y con los dedos en forma de tijera simula cortarlo. Uno de los libros que cayeron de la biblioteca por el golpe reza en su tapa "Historia del Peronismo". Tomás lo agarra y comienza a leer mientras pasa las hojas arbitrariamente. Comienza a relajarse hasta que se topa con una frase del General: "la única verdad es la realidad". No entiende bien por qué, pero esa frase lo desencaja. Toma una lapicera del escritorio y la tacha. Debajo escribe "la verdad depende del punto de vista que cada uno tiene de la realidad, ególatra de mierda". Cierra el libro y lo vuelve a poner en el lugar en el que se encontraba antes de caer.

De los días pasados sólo quedan buenos recuerdos, en su mayoría, y alguna experiencia vergonzosa que vuelve a atormentarme cuando no puedo dormir. Una infancia feliz, una adolescencia un tanto confusa y, al final, una adultez opaca. Aunque criado por padres amorosos, ellos nunca pudieron trascender el "deber ser" y vulneraron mi personalidad mediante una educación estricta que, lejos de servir a un fin concreto, sólo agrietó las bases sobre las cuales se construiría mi sensibilidad. No puedo precisar con exactitud qué fue lo que se filtró por esas grietas, lo que sí recuerdo es el momento de quiebre. Tal vez fue demasiado temprano para poder comprender la magnitud del sentimiento. Fue a los veintitrés años cuando perdí la esperanza por primera vez. En ese momento logré auto convencerme de que con el mero paso del tiempo la experiencia remediaría los males que la razón no podía. Entonces, a modo de inversión, el tiempo se volvió la divisa de cambio para la experiencia. La veintena de mi vida dedicada a la búsqueda de ese más allá de lo que mi realidad circundante ofrecía como presente y futuro. La batalla fue larga y cruenta, construir y destruir una y otra vez. Y lo intenté, que quede en claro. Abracé la libertad y me embebí de radicalidad. Deprimente fue ver que, en realidad, no era más que una variación ordinaria de las conductas y actitudes a las cuales me oponía. El molde estaba ahí, más barato, menos pensado, pero molde al fin, la estúpida idea de que la rebeldía es algo único y no un esquema prefabricado por quienes sostienen la sartén por el mango. Así que me fui al otro lado. Entonces reprimí y me auto reprimí y negué lo anteriormente vivido. No duré mucho; ese sí que era el lado asqueroso de la vida. Desesperado, mis pensamientos comenzaron a volverse tautológicos y el accionar consecuente a tales pensamientos una epidemia de errores condenados a ser repetidos al infinito.
Lentamente se acercaron los días decisivos, los que al inicio del camino había establecido como el supuesto fin de la lucha. No contaba con que esos días serían días sin Dios ni amo y, en algún retorcido y sarcástico juego del destino, también serían días sin sentido del humor, donde se debería transitar en puntas de pie para no pisar la inflada idiosincrasia ajena, las luchas se darían en la forma y no el fondo, y la ideología sería un mero copy-paste.
Fue así que un día me desperté y no pude tolerar la decepción de mi pasado, la llanura de mi presente y la incertidumbre con la que se presentaba el futuro. Es en ese punto en el que los caminos se bifurcan antes de llegar a abrazar el suicidio como única alternativa. Uno de ellos requiere que, amargado y resentido, sin esperanza ni voluntad, levante los puños contra la existencia misma y transite lo restante del camino con la hostilidad más absoluta. El otro camino implica la total sumisión, aceptar que uno, tal vez, no sea tan especial como creyó ser ni como le dijeron que lo era. Comenzar a trepar el escalafón de la vida, cubriendo, hipócritamente, mi complejo de inferioridad e inseguridad con cierta distancia respecto a todo y a todos. Entonces, una vez muerto y dejando tras de mí un camino de desolación y algunos herederos que perpetuarán lo peor de mi obra, obtendré la tan anhelada paz.
Soy el guacho pistola, el macho alfa de los eunucos, el campeón de las boludas, rey de los idiotas. Brilla en mi repisa el trofeo al primer puesto de intrascendentes de la existencia. Sostengo la arena del destino entre mis manos. El talento, la inteligencia, la capacidad, todo lo desperdiciado por perseguirme la cola como un perro neurótico será el alimento de mis pesadillas hasta el fin de mis días. Agacho la cabeza y debo aceptar que mi falta de coraje me llevó a dar el primer paso por el camino del conformismo, transformándome en un pequeño burgués que pelea contra enemigos invisibles, cómodo, satisfecho, con un puñado de falsas certezas y la convicción de que lo correcto es mi verdad.  Ese es el chiste.

Esta fiesta huele a rancio

Llegué en el horario justo del comienzo del evento. Es una reunión de lectura, algo que se puede hacer si no tenés nada que hacer. Me gustan este tipo de reuniones por la posibilidad que se me brinda de leer algo que escribí para, de esta forma, evaluar cómo funciona, cómo lo reciben otros, cómo se suceden las palabras y, en resumen, qué debo corregir. De no ser por este impulso de egoísmo puro, jamás me encontraría en el rol pasivo de espectador.
Como en toda manifestación creativa sumida en el amateurismo, priman los sujetos que funcionan como peajes de la expresión artística. Me explico, son aquellos que manifiestan más arte en sí mismos y en sus actitudes que en la creación en sí. Gente en un pedestal auto fabricado, esnob, con más geta que recetas. Por suerte, vienen un par de amigos que escriben cosas verdaderamente buenas y no se acercan ni a años luz de este tipo de personajes.
Espero un rato largo luego de tocar el timbre, hasta que siento ruido detrás de la puerta y una llave que entra y acciona el mecanismo. No conozco al que me recibe. Como ya asistí un par de veces a este evento conozco el lugar y me dirijo solo al lugar donde se debe estar celebrando la reunión. Entro y hago un saludo general. Son gente de dar besos y abrazos aunque no te conozcan. A mi entender, hay algunos que sienten demasiado y deberían dejarnos en paz a los que no lo hacemos. Reconozco algunas caras de los eventos anteriores pero no recuerdo ni un solo nombre. Luego de terminar el secundario me resultó innecesario volver a recordar los nombres de todos los que me cruzo en la vida. Busco con la mirada pero no encuentro a mis amigos. Esto va a ser largo.
De la cocina sale la anfitriona y me saluda. Es a la única que saludo en particular y por su nombre, Agustina. Rubia rubiecita con ayuda de la tintura, baja, tetas medium, culo large. Me calienta normal. Me pone un vaso de cerveza en la mano y a cambio le entrego un billete de cien. Me dice que es mucho, pero prefiero pagar mucho y que no me rompan las pelotas, a estar una hora, entre desconocidos, intercambiando billetes pequeños una y otra vez porque nadie quiere desprenderse de dos pesos más. Por eso y porque compro mi derecho a canilla libre sin derecho a réplica.
No quiero compartir asiento con nadie, así que agarro una silla y me siento un tanto fuera del círculo. Al lado mío, a la izquierda, sentada sobre un taburete, está una piba que conozco de las otras reuniones. Viene cargada de caderas y sonrisas. La vez anterior me miró toda la noche, pero cuando le fui a hablar me dio vuelta la cara en un gesto de suma descortesía. Creo que se llama Romina, creo. Hacia el otro lado, a la derecha, hay un sillón con tres personas, dos chicas y un pibe. El pibe en el extremo opuesto del lado en el que me encuentro yo. A las chicas no las conozco. Parecen ser compañeras de trabajo de la anfitriona por lo que escucho que mantienen como tema de conversación. El flaco tiene el pelo corto, rasgos suaves, ojos claros y la ropa muy limpia y algo gastada, del gastado de fábrica, no por uso. Luego dice que una de las chicas, Sofía, le había dicho del evento. No se conocían en persona sino a través de red social. Ahí me cierra todo, vino a ponerla. Pero no a su contacto cibernético, sino a alguna hippie chic que pudiese seducir con su aire de pibe descontracturado que va a reuniones de gente que no conoce. Buena suerte, nunca se me ocurrió. A Sofía no se la coge ni en pedo porque Sofía es una feminista de las que te queman el bocho. No es mujer, es todas las mujeres juntas, según ella entiende, y las desgracias de la humanidad sólo de basan en la horrible conducta de los hombres para con las mujeres. La caderona me contó que cayó en este vórtice de proselitismo berreta cuando el novio la dejó por otra. De lo que no se puede escapar en esta vida es de la muerte y de alguna diatriba infumable de Sofía sobre el patriarcado. La detesto normal. Sofía está sentada al lado del Carli, un tipo consumido, con algunos dientes menos, pero, detrás de mis amigos ausentes, lo mejor del lugar. El Carli parecer perseguir un fin opuesto al que persigo yo en ese tipo de situaciones. Él disfruta escuchando los textos ajenos y se sumerge en un océano de sentimientos mientras otro lee. Le gusta todo y siente demasiado, pero al Carli lo banco porque es sincero en el sentimiento. Del otro lado de la mesa ratona, en frente mío, hay un pibe que parece que el vino ya lo noqueó. O el faso. Es el que me abrió la puerta. Las compañeras de laburo de Agustina lo tratan con demasiada familiaridad, Agustina también. Deben ser todos compañeros de trabajo. Una de las chicas le dice que agarre la guitarra, que cante, que toca bien y que tiene linda voz, que dale. Por favor, no lo hagas. Siempre hay una guitarra, un boludo que sabe tocarla y un tema mega bajón de Spinetta en el repertorio que pulveriza el ánimo apenas existente. El pibe dice que no y yo tomo un trago largo para celebrar la negativa.
Agustina intenta marcar el ritmo de la reunión pero todos parecen más interesados en hacer otra cosa. Mientras la guitarra no suene puedo quedarme en silencio hasta el amanecer y llamarme contento. Caderas cede ante la insistencia y anuncia que va a comenzar a leer. Se incorpora del taburete y va a buscar algo a una pila de cuadernos que se encuentra en una esquina de la habitación. Extrae un pequeño anotador, busca algo, la anfitriona hace callar a todo el mundo y noestoysegurosisellamaRomina comienza a leer. Es un texto sobre corazones rotos, en una perspectiva de abismo insondable sobre las relaciones de pareja. Esta mina no se separa, se ultraja con sentimientos. Me deprime normal. Mientras tomo un trago miro alrededor a ver cómo  reaccionan los demás. Agustina mantiene una sonrisa a medias, de dulzura y comprensión de amiga que conoce la historia y sabe que las cosa no fue ni en pedo para tomársela así. El Carli siente a morir. Sofía tiene fuego en los ojos, el odio al género masculino le va a generar una úlcera, pobrecita. El todavía no comprobado guitarrero distribuye su atención en todas las cosas que lo rodean, excepto en quien lee. Los demás, sencillamente, están en cualquiera. TalvezRomina termina y los demás aplauden con una tibiesa que me incomoda al punto de tener que cambiar de posición en mi asiento. Agustina nos mira a todos, buscando comenzar algún debate o análisis de lo recién escuchado. Sofía espera a que alguien hable para decir que los hombres son todos unos hijos de mil putas pero nadie le da cabida. Nadie dice nada, de hecho, y el ambiente se torna un tanto incómodo por unos segundos. Al ver que nadie abre la boca, Agustina ofrece ser la siguiente lectora. Aprovecho el recambio y me voy a buscar algo para tomar. Abro la heladera y encuentro una porción de tarta de choclo que tiene una pinta bárbara. No cené y el alcohol va a hacer desastres si no ingreso urgentemente algo sólido a mi organismo. Le doy una mordida brutal a la porción que me llena la boca y me complica masticar. Trago como puedo, asombrado de mi propia bestialidad, mientras recapacito en el hecho de que dejar una mordida así es una burrada, por lo que busco un cuchillo y corto parejo. También es obvio, debería comerme toda la porción, pienso, pero si me pongo a comer todo voy a tardar mucho en volver y va a ser evidente que fui yo. Además, podría entrar alguien y pescarme in fraganti. Ya fue, rápido y a lo bruto desaparece la porción en un par de dentelladas. Bajoneo normal.
Agustina está leyendo cuando reaparezco. Me mira por sobre su hoja de papel con cierta furia, como si perderme el principio me impidiese poder comprender tan maravillosa creación. Es más, es casi el mismo texto que el anterior, la misma visión oscura del amor. No termina más. Me rompe las bolas normal. Cuando termina hay aplauso tibio y me increpa a que sea el siguiente. Se saltea la parte del análisis en busca de venganza por mi llegada tarde. Ya tengo suficiente alcohol en sangre para enfrentar el ridículo, así que no me importa. Comienzo a leer. Leo mal, en parte por el alcohol y en parte porque leo mal. Levanto la mirada en un momento en el que el texto relata una gracia del personaje, nadie ríe. Es una historia sobre un hombre que deja a su mujer para casarse con una botella de whisky. Es una boludez, pero está bien, es graciosa. Cuando termino, no soy merecedor ni del aplauso tibio. No solo no causó gracia, sino que, por el contrario, hay un rechazo generalizado hacia el texto y su creador. Agustina trata de ser amable y apaciguar, pero una de sus compañeras de trabajo me dice que le robo a Bukowski. Cuando le pregunto por qué, me responde que por hablar tanto del alcohol. No le voy a responder que quedarse con el recurso del alcohol es no comprender lo que hay detrás, lo que hace que sus textos valgan la pena. Hay cerebritos que sólo entienden sus propias metáforas. Acepto y digo que sí, porque Huxley me queda lejos y el chino de abajo me vende Bukowski con recargo por el frío. Es verdad, pero es más divertida la derrota cuando se manifiesta con altanería y sin resignación.
Comienzan a debatir entre ellos sobre creación, originalidad y no sé qué otras cosas más, porque me paro y me voy al baño. No me interesa normal. Detrás mío viene Sofía, enfurecida, que me dice que soy un cerdo machista que degrada a las mujeres en sus textos y que debería darme vergüenza y recién ahí me doy cuenta que tiene un escote fenomenal y que el hecho de mencionarlo es robarle a Bukowski. Me río fuerte y la mina estalla en cólera. Trato de darle un beso, pero retrocede asqueada, me da un empujón, me dice algo del patriarcado y se mete en el baño. Vuelvo para encontrarme al pibe ido con la guitarra en la mano, cantando un tema de Soda. Mamita, es momento de huir. Nadie quiere ir a abrirme, hasta que el Carli cede. En camino a la salida me dice que mi texto le encantó, que lo entendió y me hace un análisis pormenorizado. No lo entendió, ni en pedo, pero la culpa es mía. Saludo al Carli y antes de que se cierre la puerta, escuchó el grito de Agustina, sacada, preguntando quién se comió la tarta. Me prendo un pucho y me rio. Me divierto normal. 

Perspectivas de la realidad

Agradezco pocas cosas de la vida. No agradezco la vida en sí misma, sino que agradezco las pequeñeces que la cargan de significado. Agradezco una rica comida, reírme hasta que duela, un pucho que me saca de situaciones incómodas. Agradezco un abrazo de mis viejos, un día de lluvia en el que me puedo quedar en la cama hasta tarde, un trago en el momento justo. Pero lo que nunca dejaré de agradecer es haberme cruzado con Alejo.
Alejo es uno de mis grandes amigos. Siempre fue sujeto de mi admiración. Pesimista por experiencia, Alejo posee una perspectiva de extrema acidez en cuanto a la propia existencia refiere. He leído cientos de libros, visto cientos de películas, horas de música en mis oídos, pero no he encontrado ningún discurso parecido al que Alejo sostiene.
Para él, la vida es una mierda. Para mí también, pero eso no es lo que nos hermana sino lo que más nos diferencia. Él entiende que la vida es una mierda y sigue adelante, nada puede hacerse más que luchar desde el pequeño lugar que a cada uno le toca. Cada paso que da lo da con seguridad, sin pensarlo, y puede volver para atrás sin resignación, total, ya está resuelto que la vida es una mierda y todo es difícil y mil etcéteras del pesimismo. Y yo, en la vereda opuesta excepto en la premisa fundamental de la futilidad insufrible del día a día. Por eso lo admiro. Admiro que pueda ver las cosas de la forma en la que lo hace sin deprimirse ni rendirse y que, por el contrario, viva con una energía envidiable.
Lo que verdaderamente nos une es la capacidad que tenemos el uno sobre el otro de modificar, de forma pasiva y diferida, nuestra perspectiva de la realidad.
Los dos tenemos treinta y dos años, siendo él un mes mayor. Alejo está en pareja y tiene un hijo de un año y medio. A mí me dejó mi novia hace un mes.
Mi novia (ahora ex) me dejó por teléfono. Tres años de relación y ni siquiera el tupé de mandarme de frente a cagar. Hace un mes de esto. Hace un mes que no puedo pasar una hora completa en mi casa en estado consciente. El lugar se volvió una trampa de recuerdos. Abro un libro y me encuentro las páginas marcadas en los poemas que ella quería que yo leyera. Abro un cajón y allí hay un par de medias, o una bombacha, o una remera que dejó. Mirando tele me cruzo con alguna película que hemos discutido tantas horas. La música es mi enemiga, todo me recuerda a ella. Básicamente, cada cosa que hago es emocionalmente peligrosa.
La vida ya no me une a Alejo más que en sentimiento. Lo veo contadas veces y las visitas se espaciaron aún más desde que fue padre. Pero ahora, en este estado, es imperativo verlo.
No hizo falta más que un mensaje de texto que decía que necesitaba verlo para que él entienda todo. Un par de horas después estaba parado frente a su puerta. Cuando me abrió me dio uno de sus abrazos característicos, con fuerza y un par de palmadas en la espalda pero soltando demasiado pronto y dejándote con ganas de más. Cercano y distante al mismo tiempo, como lo quiero.
Estaba solo. Su mujer había salido y él estaba a cargo de su hijo. No podíamos hacer mucho, por lo que nos limitamos a matear y charlar. Hablamos de lo que hizo cada uno desde la última vez que nos vimos, recordamos anécdotas, nos burlamos de las noticias que la televisión nos ofrecía y, cuando fue propicio, le conté mi traspié sentimental. Como siempre, me escuchó y no opinó ni me aconsejó. Dejó que me descargara y seguimos con otro tema.
Sin poder evitarlo, nos dirigimos al tema que siempre resumía todo lo que hablábamos: la vida es una mierda. Ésta es la parte de la charla dónde no abro la boca, sólo me limito a escuchar a Alejo y deleitarme con sus soliloquios pesimistas.

—¿Sabés lo que me preocupa? Él —dijo señalando a su hijo—. Pero no el sentido en que cualquier persona entiende que un padre debe preocuparse por su hijo. Esto es algo egoísta —siguió diciendo—. Hace dos años que no duermo más que algunas horas separadas a lo largo del día. De ponerla, ni hablar. Tampoco me preocupa haber traído al mundo una pequeña bestia que lo único que sabe hacer es atentar contra su seguridad y contraer enfermedades. Nada de eso.

Se acomodó en la silla, se cebó un mate, lo bebió en un sorbo lento y prosiguió:

—Esperaba un cambio de perspectiva. Apostaba a que ésto fuese el volantazo definitivo. Cambiar el rumbo de las cosas, por lo menos la forma en la que las veo. Pero no. No pasó nada de eso.

En la tele hablaban del cuerpo muerto de un niño sirio que fue encontrado en una playa. Alejo levantó la vista y dijo:

—Playas con niños muertos. Ése es un lugar donde quiero pasar mis vacaciones.

Pero no pude siquiera concentrarme en su siempre eficaz humor negro. Había quedado congelado en lo dicho anteriormente. Aunque seguimos hablando y nos despedimos casi dos horas después, no podía despegarme de lo que había escuchado.
Llegué a mi casa y fui derecho a la ducha. Tardé mucho en salir. No podía parar de pensar en lo que Alejo había dicho. No era lo que había dicho en sí sino que había despertado en mí un sentimiento que no podía resolver.
Cuando salí de la ducha y fui al cajón a buscar un par de medias limpias, me topé con un bollito de las medias de mi ex. Las guardaba como un tesoro. Sin pensar, tomé el bollito y lo arrojé por la ventana abierta. Al minuto de haberlo hecho me llega un mensaje de texto de Alejo. El mensaje sólo dice "Capo".
Alejo, magnífico hijo de puta. Lo hiciste de nuevo.


El fumigador

Es un mediodía de miércoles como cualquier otro en la Capital Federal. La mitad exacta de la semana. Un día con menos sentimientos que un mediático. La gente anda apurada y se choca entre sí, siempre mirando sus celulares mientras caminan, cruzan las calles, comen. Hacia arriba los edificios bloquean la tan necesaria luz de sol que ayuda a combatir el frío invernal. Publicidades, hasta donde da la vista, dicen que no ser rico es una mierda. Ser pobre ni se considera. No ser rico ya es suficiente castigo. Con razón andan todos apurados.
Juan, no. No quiere ser parte de este circo. No por rebeldía sino por necesidad eligió un trabajo que le dé algo de metálico para sobrevivir y, a la vez, mantener al mínimo el contacto con otros seres humanos.
Juan es fumigador. Fumiga cocinas de restaurantes. Prefiere eso antes que estar encerrado en un cubículo de oficina, con un taladro de estrés pegado al oído, consumiendo píldoras que eviten hacerlo llegar al punto de reventarle una silla en la espalda a alguien.
El trabajo es fácil. El tóxico sobre la espalda para el exterminio de las alimañas, entrar por la puerta de atrás sin saludar a nadie, a lo sumo algún gesto de cabeza que indique su presencia en el lugar, rociar el tóxico, salir y fumarse un pucho ("puchazo", como le dice él) antes de pasar a la siguiente cocina.
Sus favoritas son las cocinas de los elegantes restaurantes de Puerto Madero. Allí, las cucarachas, ratas y demás pestes se encuetran en mayor cantidad. Le gusta ver que esas cocinas se diferencian en muy poco a las de cualquier comedero de cuarta, sólo que allí la gente paga sumas exhorbitantes por un plato de comida putrefacta e infla su ego con el hecho de demostrar que puede comer ahí. A Juan lo divierte la ironía del asunto.
Pero en este miércoles común, algo fuera de lo común le sucedió. Mientras rociaba el tóxico por la cocina se encontró con una enorme rata negra. La reacción normal hubiese sido apuntar su manguera hacia ella y bañarla en veneno, pero no. Hubo un contacto, una mirada. Los dos se quedaron fijos mirándose mutuamente a los ojos. En un movimiento, la rata se incorporó sobre sus pequeñas patas traseras e hizo algo que dejó helado a Juan.

Hola —dijo la gran rata negra.

Ey —pudo responder con torpeza Juan.

Juan miró alrededor a ver si alguién más estaba presenciando la escena. La cocina estaba desierta.

No te preocupes, no hay nadie. Hay poco moviemiento y los cocineros aprovechan esto para irse a fumar faso al cuartito de atrás —dijo la rata, en un tono de voz parecido al del fumigador.

Estoy delirando —dijo Juan mientras miraba para todos lados esperando encontrar no sabía qué cosa.

No, esto está pasando —le respondió la rata—. Quedate tranquilo que sos la primer persona con la que hablo. Te elegí a vos, no me preguntes por qué. Tal vez porque desde hace tiempo te vengo observando y veo algo extraño en tu mirada, algo distinto.

Me jodí la cabeza con estos químicos de mierda. O me volví loco. Eso, al fin sucedió. Sabía que esta mierda me iba a llegar en algún momento —dijo Juan, hablándose a sí mismo.

Puede ser un poco de esto y un poco de aquello, pero esto, esto está pasando, sin lugar a dudas. Tranquilizate.

Juan se sacó la mochila con los químicos, la dejó en el piso y se apoyó sobre el horno pizzero del lugar.

Como te decía, te vengo observando desde hace tiempo. Elegí hablar con vos porque considero que sos uno de los nuestros —dijo la rata, calmadamente.

¿Estás diciendo que soy una rata? —respondió el fumigador.

Lo estás diciendo de modo peyorativo. Me siento un poco ofendido pero no hay drama, te entiendo. Sos parte de la especie que se auto considera la más evolucionada del planeta, por lo que todas las demás son inferiores en comparación —continuó diciendo la rata negra sin perder su aire de tranquilidad—. Lo que quiero decir es que sos uno de los nuestros por tu forma de relacionarte con los demás. Buscás ir por debajo, ser invisible, asomar la cabeza a este asqueroso mundo lo mínimo e indispensable como para sobrevivir. No quiero extenderme mucho ni entrar en cuestiones filosóficas, no es el momento ni el lugar. Pero quiero que te quede en claro que te admiro, que lo tuyo es evolución.

¿Evolución? Decile eso a mi autoestima —respondió Juan.

Si, evolución. Pensalo. Nosotros sobrevivimos desde hace miles de años. Hasta nos hemos dado el lujo de eliminar la mitad de su especie en un momento de la historia —dijo la rata con orgullo—. En cambio, ustedes, perdieron el rumbo y comenzaron a creer que la comodidad y la auto indulgencia eran el camino a seguir. Pasan sus días haciendo alarde de sus logros, estirando el cuello lo más alto que pueden. Pero si estirás mucho el cuello te arriesgás a que alguien lo detecte y te corte la cabeza, y eso no me suena ni a muy inteligente ni a muy evolucionado.

Suena una puerta del fondo, la puerta del cuartito de atrás. Ambos miran en la misma dirección.

Ahí vienen los demás, me tengo que ir. Seguí así. Ni bien tengas oportunidad, intentá propagar el mensaje —dijo la rata antes de escabullirse por un pequeño hueco en la pared.

­—¿Y? ¿Qué onda? — le dice a Juan uno de los cocineros que acaba de entrar.

Todo listo, capo— respondió, como si nada extraño hubiese sucedido.

­—Joya— le dijo el cocinero, guiñándole uno de sus enrojecidos ojos, mientras de disponía a preparar un plato que luego se cobraría en dólares.

Juan agarró sus cosas y salió por la puerta de atrás, como siempre. Caminó hasta Plaza de Mayo y se sentó bajo el monumento a Belgrano, del lado de la sombra.
Se quedó allí, mirando a la gente atropellarse unos contra otros como imbéciles, siempre con sus celulares en sus manos.
Es el momento.
Puchazo.



Dedicado a JUAN. Escritor, bebedor, fumador, amigo.